Mi infierno.

Al infierno se accede através de un camino
empedrado que cruza un precioso jardín, asilo de algún que otro sauce
llorón y de las más hermosas buganvillas. Tan solo habrá que pasar la
mano suavemente por sus paredes, rozarlas con la incendiaria cautela
con la que se acaricia el lomo de un lobo, para que Manderley acabe
contando los secretos que encierra tras la aldaba de su puerta.
No
hay rincones en los que mi miedo no haga que se me aparezca ella, ni
bruñidos metales en los que fugazmente no vea reflejado el brillo
inalcanzable de su espléndida belleza. Jamás seré como ella, por mucho
que me empeñe en contentar a los fantasmas que se arremolinan junto a
la cabecera de mi cama. Además, los días que sufro junto a ti, me han
hecho creer que jamás llegaste a quererla, sino sólo a envidiarla.
Rebecca. 1940. Alfred Hitchcock
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